¿Quieres dejar de echarme fotos, pesao de los...?
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miércoles, 5 de agosto de 2009
jueves, 21 de mayo de 2009
¿Vives o trabajas?
Estáis equivocados. Todos. El país entero, la sociedad entera.
No deberíamos trabajar ocho horas. Quizá en el siglo XIX, quizá después de las guerras mundiales, pero ¿ahora?
¿Ocho horas para llegar a fin de mes?
Alguien nos jodió al organizar la sociedad moderna, pero seguro que quién lo hizo ahora está en Honolulu bebiendo unos Daikiris enormes y pegándose la vida padre con las plusvalías del trabajo de los demás.
Ocho horas de trabajo. Cada día, todos los días. No menos de una hora para llegar y volver del trabajo. Una hora en tareas de mantenimiento personal: ducharnos, afeitarnos, ir al servicio, echarnos ungüentos... Y ya llevamos diez. Una hora para desayunar, comer y cenar, comiendo muy, muy deprisa. Pero cuando eres adulto, la comida ya no se prepara sola y la nevera no se llena sola tampoco, las lavadoras no se ponen y tienden por arte de magia, los platos no se friegan automáticamente y los trastos de la casa no vuelan hasta su sitio, así que probablemente el mantenimiento de la casa y cocinar se te han llevado un par de horas más.
Y ya llevamos trece horas. Trece horas y sólo hemos gastado una hora en desplazamientos y otra en desayunar, comer y cenar. Y no hemos hablado de dormir. Ponemos ocho horas y ya llevamos 21 horas.
Quedan tres para nosotros.
Tres horas, y no hemos hablado de papeleo en el banco, de arreglar el seguro del coche, de llamar a un fontanero, y de todas esas cosas mundanas y aburridas que hacen que nuestra vida sea un poco menos interesante. Digamos que no hay nada de todo eso.
Aún así, siguen quedándote sólo tres horas para ti.
En el mejor de los casos.
Por no mencionar los niños.
¿Trabajar ocho horas al día? Estamos muy, muy equivocados, todos. La sociedad entera.
No deberíamos trabajar ocho horas. Quizá en el siglo XIX, quizá después de las guerras mundiales, pero ¿ahora?
¿Ocho horas para llegar a fin de mes?
Alguien nos jodió al organizar la sociedad moderna, pero seguro que quién lo hizo ahora está en Honolulu bebiendo unos Daikiris enormes y pegándose la vida padre con las plusvalías del trabajo de los demás.
Ocho horas de trabajo. Cada día, todos los días. No menos de una hora para llegar y volver del trabajo. Una hora en tareas de mantenimiento personal: ducharnos, afeitarnos, ir al servicio, echarnos ungüentos... Y ya llevamos diez. Una hora para desayunar, comer y cenar, comiendo muy, muy deprisa. Pero cuando eres adulto, la comida ya no se prepara sola y la nevera no se llena sola tampoco, las lavadoras no se ponen y tienden por arte de magia, los platos no se friegan automáticamente y los trastos de la casa no vuelan hasta su sitio, así que probablemente el mantenimiento de la casa y cocinar se te han llevado un par de horas más.
Y ya llevamos trece horas. Trece horas y sólo hemos gastado una hora en desplazamientos y otra en desayunar, comer y cenar. Y no hemos hablado de dormir. Ponemos ocho horas y ya llevamos 21 horas.
Quedan tres para nosotros.
Tres horas, y no hemos hablado de papeleo en el banco, de arreglar el seguro del coche, de llamar a un fontanero, y de todas esas cosas mundanas y aburridas que hacen que nuestra vida sea un poco menos interesante. Digamos que no hay nada de todo eso.
Aún así, siguen quedándote sólo tres horas para ti.
En el mejor de los casos.
Por no mencionar los niños.
¿Trabajar ocho horas al día? Estamos muy, muy equivocados, todos. La sociedad entera.
martes, 21 de junio de 2005
La familia peligra
La familia peligra, y no es por culpa de los matrimonios gays. La familia peligra porque papá y mamá salen de casa a las 7 y pico de la mañana para trabajar y no vuelven hasta las 10, y así van a seguir mucho tiempo porque han firmado una condena a 30 años con interés variable para pagar una casita medianamente cerca de la ciudad (o sea, a una hora del curro atasco incluido).
Así que papá y mamá llegan medio en coma a casa, se tiran en el sofá y es entonces cuando se encuentran con unos niños que al parecer son suyos y un adulto por ahí rondando que ocupa parte del sitio de tu cama y se encierra en el baño justo cuando más falta te hace. Así que está la feliz familia en casa, y todos se miran y se preguntan: ¿y esta quién es? ¿y éste quién es? ¿Y ahora de qué hablo yo con este tío? ¿Qué me está contando? ¿Por qué cree que debería importarme lo que me está diciendo?
Así que papá y mamá llegan medio en coma a casa, se tiran en el sofá y es entonces cuando se encuentran con unos niños que al parecer son suyos y un adulto por ahí rondando que ocupa parte del sitio de tu cama y se encierra en el baño justo cuando más falta te hace. Así que está la feliz familia en casa, y todos se miran y se preguntan: ¿y esta quién es? ¿y éste quién es? ¿Y ahora de qué hablo yo con este tío? ¿Qué me está contando? ¿Por qué cree que debería importarme lo que me está diciendo?
Etiquetas:
condena,
esclavitud,
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